[TEM] Resistencia del cuerpo a la infección

23/2/15

Resistencia del cuerpo a la infección

El cuerpo humano está continuamente expuesto a bacterias, hongos, virus y parásitos que se encuentran en la piel, boca, intestino, vías respiratorias, membranas que recubren los ojos y vía urinarias.

Muchos de estos agentes pueden llegar a ocasionar enfermedades si invaden los tejidos más profundos. Además, estamos expuestos de manera intermitente a otros virus y bacterias procedentes del exterior.

Por suerte, el organismo cuenta con un sistema de defensa frente a estos agentes infecciosos y tóxicos. Este sistema está formado por los glóbulos blancos (también llamados leucocitos).


Los glóbulos blancos

Los leucocitos o glóbulos blancos incluyen una serie de células que se forman en la médula ósea y en parte de los ganglios linfáticos. Después de producirse son transportados por la sangre a diversas partes del organismo, donde ejercen sus funciones. Son transportados específicamente a zonas donde hay inflamación, donde proporcionan una defensa rápida contra cualquier posible agente infeccioso.



En la sangre se encuentran seis tipos de glóbulos blancos: neutrófilos, eosinófilos, basófilos, monocitos, linfocitos y células plasmáticas. Los tres primeros reciben el nombre de granulocitos, debido a su aspecto granuloso. Además hay un gran número de plaquetas, que son fragmentos de un séptimo tipo celular localizado en la médula, el megacariocito. La función de las plaquetas consiste en activar el mecanismo de la coagulación de la sangre.

Los granulocitos y los monocitos destruyen directamente a los invasores mediante un proceso llamado fagocitosis.
 
Los linfocitos y las células plasmáticas funcionan principalmente en relación con el sistema inmunitario; sin embargo, algunos linfocitos también puedes destruir directamente a los invasores, acción semejante a la de los granulocitos y monocitos.


Formación de los leucocitos

Los granulocitos y monocitos se forman sólo en la médula ósea.
Los linfocitos y las células plasmáticas se producen en los órganos linfoides (ganglios linfáticos, bazo, timo, amígdalas y varios restos linfoides de la médula ósea, intestino y otras zonas).


Los leucocitos formados en la médula ósea, especialmente los granulocitos, se almacenan en ella hasta que son necesarios en el sistema circulatorio.


Función de los leucocitos

Los granulocitos pasan a las sangre y de ahí a los tejidos, donde pueden vivir unos 4 ó 5 días. Cuando hay una infección grave, los granulocitos llegan rápidamente a la zona infectada e ingieren a los microorganismos invasores, siendo destruidos en el proceso.

Los monocitos pasan también a la sangre y de ahí a los tejidos. Se trata de células inmaduras con muy poca capacidad de defensa. Sin embargo, una vez que entran en los tejidos, se hinchan hasta 5 veces su tamaño, convirtiéndose así en macrófagos, células con una gran capacidad para combatir agentes infecciosos.

Los linfocitos circulan continuamente entre la sangre y el sistema linfático, yendo una y otra vez de la linfa a la sangre y viceversa, de manera que existe una circulación continua de linfocitos a través de los tejidos. Tienen una vida media de meses o incluso años, aunque eso depende de las necesidades del organismo. Forman parte de la reacción inmunitaria, que veremos más adelante.








El sistema monocito-macrófago y el sistema retículoendotelial

Parte de los macrófagos son células móviles, capaces de desplazarse por los tejidos. Pero otra parte permanece unida a los tejidos y pueden estar ahí durante meses o años, hasta que sean necesarios para llevar a cabo sus funciones de protección.


Macrófago rodeando una célula cancerígena
La combinación de macrófagos móviles, macrófagos tisulares fijos y algunas otras células especializadas, constituyen el sistema retículo endotelial (o sistema monocito-macrófago). Los macrófagos tisulares pueden encontrase en las siguientes localizaciones:

Macrófagos de la piel y los tejido subcutáneos. La piel es una barrera infranqueable para los gérmenes, excepto cuando se rompe. Si la infección se inicia en los tejidos subcutáneos y se produce inflamación local, los macrófagos de le piel se dividen y atacan y destruyen a los agentes infecciosos.

Macrófagos de los ganglios linfáticos. Las partículas invasoras que no son destruidas en la zona de entrada, penetran en la linfa y fluyen a través de los vasos linfáticos hasta los ganglios linfáticos (localizados de manera intermitente a lo largo del trayecto de los vasos linfáticos). Ahí son atrapadas por los macrófagos.
 
Macrófagos alveolares. El sistema respiratorio es otra vía por la cual pueden penetrar gérmenes. Por suerte, existe una gran cantidad de macrófagos tisulares fijos en las paredes de los alveolos pulmonares que pueden destruir las partículas que quedan atrapadas en los alveolos. Si las partículas son digeribles, los macrófagos las digieren y expulsan los productos de deshecho hacia la linfa. Si no son digeribles, pueden formar a su alrededor una cápsula de células gigantes hasta el momento en que, si es posible, puedan disolverla lentamente.. Estas cápsulas suelen rodear bacilos de la tuberculosis o partículas de polvo de sílice e incluso carbón.
 
Macrófagos tisulares del hígado (células de Kupffer). Otra vía importante por la cual las bacterias pueden penetrar en el organismo es el tubo digestivo. Un gran número de bacterias atraviesa la mucosa grastrointestinal y llega hasta la sangre de la vena porta, la cual, antes de llegar a la circulación general, ha de atravesar los sinusoides hepáticos, que están revestidos de macrófagos tisulares que funcionan como un filtro tan eficaz que casi ninguna de las bacterias del tubo digestivo llega a la circulación general.

Macrófagos del bazo y de la médula ósea. Si un microorganismo logra penetrar en la circulación general, existe otra línea de defensa, formada por macrófagos tisulares del bazo y la médula ósea. En estos tejidos, los invasores son atrapados y destruidos.

Inflamación y función de los neutrófilos y macrófagos

Cuando se produce una lesión causada por bacterias, traumatismos, productos químicos, calor, etc., tiene lugar una respuesta denominada inflamación, que se caracteriza por:

1. Se produce una dilatación de los pequeños vasos sanguíneos (capilares) de la zona afectada, con lo cual hay un aumento del flujo de sangre a la zona.

2. Hay un aumento de la permeabilidad de los capilares, con salida de grandes cantidades de líquido hacia los espacios intersticiales.

3. Con frecuencia, hay una coagulación de líquido en estos espacios debido a la gran cantidad de fibrinógeno y otras proteínas que salen de los capilares.

4. Un gran número de granulocitos y monocitos se dirigen a la zona inflamada.

Algunas de las sustancias que se liberan en la zona afectada activan el sistema de los macrófagos, que empiezan a devorar los tejidos destruidos.

Una de las principales funciones de la inflamación consiste en tabicar la zona lesionada, separándola del resto, de manera que impide que las bacterias de la zona inflamada se difunda al resto del organismo, lo cual extendería la infección.

La reacción inflamatoria es más intensa cuanto mayor es la lesión del tejido. Por ejemplo, cuando los estafilococos invaden los tejidos, liberan sustancias sumamente tóxicas para la célula. Por tanto, el proceso inflamatorio se desarrolla con rapidez; de hecho, con mucha más rapidez de lo que pueden multiplicarse y diseminarse los estafilococos. Así, la infección es tabicada con rapidez. Por otra parte, los estreptococos no son tan agresivos, de modo que la respuesta inflamatoria se desarrolla con lentitud, de manera que los estreptococos se reproducen y desplazan. Como resultado, estos microorganismos tienen una mayor posibilidad de causar la muerte que los estafilococos, aunque estos últimos sean mucho más destructores para los tejidos.

Primera línea de defensa: los macrófagos tisulares. Cuando son activados por los productos de la inflamación, los macrófagos de los tejidos son los primeros en atacar a los invasores.

Segunda línea de defensa: neutrófilos. Tras la primera hora más o menos tras el comienzo de la inflamación, una gran cantidad de neutrófilos procedentes de la sangre comienza a llegar a la zona inflamada, empezando de inmediato a eliminar el material extraño. Unas horas después del inicio de la inflamación, el número de neutrófilos en sangre ha aumentado considerablemente (neutrofilia).

Tercera línea de defensa: monocitos y macrófagos. Junto con los neutrófilos, también penetran en el tejido inflamado los monocitos de la sangre. No obstante, el número de monocitos en la sangre es bajo. Por consiguiente, la acumulación de estas células en el tejido inflamatorio es un proceso mucho más lento y requiere varios días para ser efectivo. Además, una vez en los tejidos, los monocitos requieren unas 8 horas para convertirse en macrófagos. Sin embargo, al cabo de días o semanas, los macrófagos predominan sobre las demás células gracias a la producción de monocitos por la médula ósea.


Cuarta línea de defensa: producción aumentada de granulocitos y monocitos en la médula ósea. Si la inflamación persiste, la médula ósea puede continuar produciendo estas células en grandes cantidades durante meses e incluso años, a veces con velocidades 50 veces por encima de lo normal.

Formación de pus

Cuando los macrófagos y neutrófilos engloban gran cantidad de bacterias y tejido muerto, casi todos terminan por morir. Después de varios días suele aparecer en los tejidos inflamados una cavidad que contiene los macrófagos destruidos y el tejido muerto, que se conoce con el nombre de pus. Una vez suprimida la infección, las células y tejidos muertos del pus son eliminados y los productos finales son absorbidos por los tejidos vecinos hasta que desaparecen todos los signos de lesión.

Los eosinófilos

Se produce sobre todo en las infecciones parasitarias. Los eosinófilos se fijan a los parásitos y liberan sustancias que matan a muchos de ellos. Por ejemplo, pueden atacar al parásito que produce la triquinosis, enfermedad que puede adquirirse por comer carne de cerdo sin cocinar.

Los basófilos

Los basófilos liberan en la sangre un producto llamado heparina, que puede evitar la coagulación. También estimulan la desaparición de partículas grasas de la sangre después de una comida rica en grasas. Liberan histamina y tienen un papel importante en las reacciones alérgicas.

Leucopenia: falta de glóbulos blancos

La leucopenia se produce cuando la médula ósea deja de producir glóbulos blancos, de modo que el cuerpo queda sin protección frente a los invasores. 

    Por lo general, en el cuerpo humano existen multitud de bacterias que viven en simbiosis con él. La boca contiene neumococos, estreptococos y espiroquetas, que también existen, aunque en menor proporción, el las vías respiratorias. El tubo digestivo está repleto de bacilos coliformes. Y en los ojos, uretra y vagina suelen encontrarse casi siempre bacterias. Por tanto, cuando disminuye el número de glóbulos blancos, las bacterias del cuerpo invaden de forma inmediata los tejidos.

    Dos días después de que la médula ósea haya dejado de producir glóbulos blancos, aparecen ulceraciones en la boca y el colon o se produce algún tipo de infección respiratoria grave. Las bacterias de las úlceras invaden los tejidos vecinos y la sangre y, si no se efectúa ningún tratamiento, la muerte se produce en 3 ó 6 días.


La inmunidad

    La inmunidad es la capacidad que tiene el cuerpo para destruir a casi todos los microorganismos o toxinas que pueden lesionarlo. Existen dos tipos de inmunidad: innata y adquirida.

Inmunidad innata. Se trata de procesos de defensa generales, capaces de destruir a invasores de diverso tipo. Incluye el sistema monocito-macrófago, la destrucción de bacterias mediante las secreciones ácidas del estomago, la resistencia de la piel y la presencia en la sangre de ciertos compuestos químicos que se fijan a los organismos extraños y los destruyen.

Inmunidad adquirida. Se trata de una inmunidad específica contra determinados agentes invasores concretos. Existen dos tipos de inmunidad adquirida:


  • La inmunidad humoral, mediada por los linfocitos B, que forman los anticuerpos.
  • Inmunidad celular, mediada por linfocitos T.

    El cuerpo dispone de mecanismos que le permiten reconocer al invasor. Cada toxina o bacteria suele contener algún compuesto químico específico. Estos compuestos reciben el nombre de antígenos y son los que desencadenan la respuesta inmunitaria.

El tejido linfoide

    Los linfocitos se encuentran en el tejido linfoide, que se encuentra sobre todo en los ganglios linfáticos, y otras zonas como el bazo, médula ósea y zonas submucosas del tubo digestivo. El tejido linfoide está distribuido de manera estratégica en el cuerpo para interceptar los microorganismos invasores o toxinas antes de que puedan extenderse por el cuerpo. Por ejemplo, el tejido linfoide de la garganta y de la faringe (amígdalas y adenoides) está situado para interceptar los antígenos que entran por las vías respiratorias. El tejido linfoide del tubo digestivo queda expuesto de inmediato a antígenos que lo invaden a través del intestino.
 
    En el tejido linfoide, los linfocitos son preparados para reaccionar de manera específica contra un invasor. Por lo menos hay un millón de tipos de linfocitos B preformados, y otro tanto de linfocitos T preformados. Cada tipo de linfocito es activado por un tipo de antígeno concreto. Cuando son activados por los antígenos, los linfocitos B forman los anticuerpos específicos para ese antígeno y los linfocitos T forman las células T activadas, para atacar a ese tipo concreto de antígeno. Cada uno de estos linfocitos preformados puede elaborar sólo un tipo específico de anticuerpo, o producir un solo tipo de linfocito T activado. 
 
    Una vez que el antígeno activa el linfocito, éste comienza a reproducirse con rapidez. Si se trata de un linfocito B, su descendencia produce anticuerpos que circulan por todo el cuerpo. Si se trata de un linfocito T, sus descendientes son células T sensibilizadas que se liberan hacia la linfa y llegan a la sangre, circulan luego por todos los líquidos de los tejidos y vuelven hacia la linfa, realizando este circuito una y otra vez, durante meses o años.


Inmunidad humoral. Los anticuerpos

Antes de aparecer el antígeno, los linfocitos B se encuentran inactivos en el tejido linfoide. Cuando penetra un antígeno extraño, los macrófagos del tejido linfoide lo fagocitan y luego lo presentan a los linfocitos B. Los linfocitos B específicos para ese antígeno crecen de inmediato convirtiéndose en linfoblastos.

Algunos de esos linfoblastos se convierten en células plasmáticas, las cuales maduran y producen anticuerpos.

Otros linfoblastos no se transforman en células plasmáticas, sino que forman nuevos linfocitos B similares al original. Se denominan células de memoria. Cuando estas células de memoria son expuestas de nuevo ante el mismo antígeno, se produce una respuesta mucho más rápida e intensa de formación de anticuerpos.

Los anticuerpos pueden actuar de dos maneras diferentes para proteger al cuerpo de los invasores: 1) atacando directamente al invasor; 2) activando un sistema denominado sistema de complemento, que luego destruye al invasor.


Inmunidad celular. Las células T activadas

Cuando se exponen a los antígenos adecuados, los linfocitos T proliferan y liberan gran número de células T activadas. También se forman linfocitos T de memoria.

Existen tres tipos de células T: colaboradoras, citotóxicas y supresoras.

Células T colaboradoras. Constituyen el principal regulador de prácticamente todas las funciones inmunes. Para ello forman una serie de mediadores llamados linfoquinas. En ausencia de linfoquinas el sistema inmune está prácticamente paralizado. Algunas de las funciones de las linfoquinas son las siguientes:

1. Estimulación del crecimiento y proliferación de linfocitos T citotóxicos y supresores.

2. Estimulación del crecimiento de linfocitos B y de su diferenciación para formar células plasmáticas y anticuerpos.

3. Activación del sistema de los macrófagos.

Células T citotóxicas. También llamadas células asesinas, son células de ataque directo. Se fijan a microorganismos o a células que contienen un antígeno específico. Después perforan las membranas de la célula a la cual se han fijado y la destruyen. Luego se separan de ella, de manera que una sola puede destruir gran cantidad de células. También desempeñan un papel importante en la destrucción de células cancerígenas.

Células T supresoras. Pueden suprimir las funciones de las células T colaboradoras y citotóxicas, evitando que produzcan reacciones inmunitarias excesivas. Es probable que desempeñen un papel importante para impedir que el sistema inmunitario ataque los propios tejidos.

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